Introducción a lo básico  de la cultura e idioma japonés...Epocas de la historia Japonesa...La familia, educación, i muchas cosas mas...Arquitectura, caligrafía, ceramicas y algunas cosas mas...Creo que saben que es una bibliografia ^_^Juan Carlos Avila <punisher_zip@yahoo.com> Juan Jose Ferres Serrano <gunkan@terra.es>

Cerámica

La cerámica en Japón posee una larga historia de alrededor de 12.000 años. En su suelo pueden encontrarse los más variados tipos de material que se encuadran en la clasificación de arcilla. En el desarrollo de la cerámica, China fue el gran innovador, y toda la tecnología avanzada llegó directa o indirectamente a Japón desde allí. La variedad cerámica de Japón llegó a ser sumamente rica, desde terracotas que tienen sus precedentes en el neolítico a las más sofisticadas piezas de estilo chino.
La afición japonesa por la cerámica va más allá de la forma, el diseño y el color, y llega a involucrar al sentido del tacto. Así por ejemplo, los tazones de té carecen de asas y deben recogerse en el cuenco de la palma de la mano. Como consecuencia de esta alta apreciación del tacto se presta gran atención al tipo de arcilla utilizado y al arte de la cocción. La cocción, y lo imprevisto en ésta, como una grieta, un barniz que ha rebasado sus contornos, o una gota que ha quedado detenida, hacen su contribución y son estéticamente valoradas.
Los hornos fueron construidos allí donde había arcilla de buena calidad, y todas y cada una de las variedades y estilos de la cerámica tradicional son el espejo de las condiciones locales y de su historia. La cerámica de Arita, por ejemplo, manifiesta las contribuciones de los ceramistas llegados de China y Corea en su elaborada decoración, mientras el estilo rústico de Bizen es el eco de la vida de los campesinos que la usaban, y la llamada Raku de Kyôto sugiere la serenidad de la ceremonia de té en la que sus cuencos eran utilizados.

Cine

Las primeras películas que llegaron a Japón lo hicieron en 1896. Tres años más tarde los japoneses estaban filmando sus primeros filmes. Hasta la llegada del cine hablado, los llamados benshi eran los encargados de poner voz a los diálogos. El benshi era un personaje sacado de los cuentacuentos que recorrían los pueblos con sus imágenes pintadas. Los primeros directores copiaron las obras que se representaban sobre los escenarios, ignorando las técnicas occidentales de directores como D.W. Griffith (1875-1948). Los primeros directores tomaron sus historias y elementos varios del teatro tradicional, kabuki, bunraku y nô. Después de la Primera Guerra Mundial el nuevo teatro, shin geki, dejó notar su influencia abogando por un mayor realismo y modernización. Buscaron entonces modos de actuar más cercanos y naturales, los onnagata (actores masculinos propios del teatro kabuki que representaban los papeles de mujer) fueron desterrados para dejar paso a las actrices, y se adoptaron técnicas expresivas observadas en el cine extranjero. Kaeriyama Norimasa (1893-1964) estuvo entre los primeros de estos innovadores.
El inicio de los años veinte del siglo XX estuvo marcado por el florecer del jidaigeki, género histórico en el que todas las películas se ambientaban en períodos anteriores a la era Meiji (1868-1912), preferentemente durante el período Edo (1600-1868). Los héroes solitarios y la lucha de espadas eran ingredientes necesarios en todas ellas. Entre los directores que definieron este género estuvieron Itô Daisuke (1898-1981), Makino Masahiro (1908) y Futagawa Buntarô (1899-1960). Después de 1920 comenzó a trabajarse otro género, llamado gendaigeki, que recoge todas aquellas historias que tienen lugar en un ambiente moderno. Las primeras siguieron los modelos de las historias de aventuras, o bien se inspiraron en los temas sentimentales de las canciones populares. Fue el actor Abe Yukata quien, tras formarse en Hollywood, desarrolló un tipo de comedias al estilo americano, ingeniosas, modernas y rápidas. Mizoguchi Kenji (1898-1956) fue el más ecléctico de todos los directores dedicados a este género y bebió tanto en el cine alemán como en el drama tradicional renovado de estilo japonés, shinpa.
La depresión económica sufrida por Japón a finales de los años veinte hizo girar el cine hacia una tendencia más proletaria. En las películas de historia los héroes se mostraban dispuestos a morir por los más débiles, y en el género moderno se oponían al sistema opresivo, social, político y económico. Buen ejemplo es Tokai kôkyôgaku (1929, Sinfonía metropolitana) de Mizoguchi. Tras la invasión de Manchuria en 1931, el gobierno, con su censura, cortó muchas iniciativas. Con Ozu Yasujirô (1903-1963) se perfeccionó e impulsó un nuevo género, shôshimin o dramas que giran en torno a la pequeña burguesía. La crítica premió sus películas, alabando el tratamiento y manejo de la cámara para conseguir arrancar al público de sus asientos e introducirlo en la pantalla. Umarete wa mita keredo (1932, Nací, pero...), en la que se describe a un padre con sus imperfecciones, es un buen ejemplo de este género. La introducción del cine hablado tuvo lugar en 1931, pero hasta 1934-1935 éste no representó más de la mitad de la producción japonesa. Fue de nuevo Mizoguchi quien en 1936 se convirtió en el pionero del "nuevo realismo hablado", con obras como Gion no shimai (Hermanas de Gion), en la que se aborda la explotación de la mujer. A finales de los años treinta los directores buscaron sus temas en la novela contemporánea, un buen ejemplo lo tenemos en la adaptación que Toyoda Shirô (1906-1977) hizo de la obra de Ishizaka Yôjirô (1900-1986), Wakai hito (1937, Gente joven).
Tras la censura de la guerra, tanto la japonesa como la americana, las peleas de espadas de las películas de jidaigeki fueron trasplantadas al mundo moderno, y sustituidas las armas por pistolas, y los samurai por detectives y gangsters. Dos hombres cuya carrera de director se inició durante la guerra protagonizaron los primeros años de la Ocupación: con temas de la vida de posguerra Kurosawa Akira (1910) y Kinoshita Keisuke (1912).

La década de los 50

Esta década fue la más próspera del cine japonés, y está considerada como su "Edad de Oro". Destaca en estos años el trabajo de Imai Tadashi (1912), a quien en cinco ocasiones la crítica premió sus películas como la mejor del año, entre ellas Mata au hi made (1950, Hasta que nos volvamos a ver); y Rashômon (1950) de Kurosawa, quien ganó en 1951 el máximo galardón del Festival de Venecia. También Ugetsu monogatari (1953, Cuentos de la luna pálida) de Kenji Mizoguchi, el rival internacional de Kurosawa, muestra la gran maestría alcanzada por el cine japonés en esta década. Durante los años cincuenta el tema de la guerra siguió siendo una obsesión, y el tratamiento que se le dio tomó distintas direcciones: la dureza de la vida militar (Biruma no tategoto, 1956), El arpa de Birmania, de Ichikawa Kon, 1915)); o los efectos de la guerra en casa, lejos del frente (Nijûshi no hitomi (1954), Veinticuatro ojos, de Kinoshita Keisuke.
En 1951, Karumen kokyô ni kaeru (Carmen vuelve a casa) fue la primera película en color, y tres años después, Jigokumon (La puerta del infierno), de Kinugasa Teinosuke (1896-1982), fue aclamada internacionalmente por el uso innovador del color, ganó el gran premio del Festival de Cannes, y en 1955 el Premio de la Academia a la mejor película extranjera.

Desde los 60

La llegada de la televisión supuso la bancarrota de algunos estudios, y la mitad de los cines del país cerró durante los años sesenta. Ôshima Nagisa (1932) se convirtió en el gran talento de la década. Opuesto al tradicional lirismo del cine, al naturalismo y a las convenciones del realismo del cine internacional, mostró un clara inspiración en el cine francés. En sus películas Ôshima enfrenta al espectador a los dilemas psicológicos y las injusticias sociales del Japón moderno. Muchos de los protagonistas de sus películas son marginados o criminales como en Seishun zankoku monogatari (1960, Cruel historia de juventud), u obsesos como en Ai no korîda (1976, El imperio de los sentidos). Otros nuevos talentos que empezaron a trabajar durante estos años fueron Hani Susumi (1928), uno de los pioneros de los documentales, y Teshigahara Hiroshi (1927), quien se acercó a los temas de un modo simbólico como en Suna no onna (1964, Mujer en la arena).
Durante los años setenta el director más importante fue Yamada Yôji (1931). Su gran éxito fue la popular serie Tora san, que iniciada en 1969 continuó durante más de dos décadas. En ella se unían la vida cotidiana de la familia y las aventuras de un vagabundo solitario. Desde finales de los años sesenta, los directores han tenido que trabajar como autónomos, sin depender de los estudios para su empleo. Ôshima, Kurosawa e Itami Jûzô (1933) han de buscar en el extranjero los fondos necesarios para sus producciones. El cine japonés cuenta hoy con muy limitados recursos, en un momento en el que los escasos cines proyectan películas americanas.

Literatura

La andadura de la lengua japonesa dentro del campo literario se inició, al igual que su escritura, de la mano de China. Del continente importó el arte del pincel, tanto en sus formas caligráficas y pictóricas, como en sus contenidos literarios.
Las primeras obras escritas que se conservan intentan ser compilaciones de carácter histórico, pero que, al tratar de buscar los orígenes de Japón y su gente, recogen cuestiones y temas de la leyenda y la mitología. Se trata del Kojiki (712) y Nihon shoki (720) que, aunque escritas en chino, incluyen, junto a datos y reseñas, algunos poemas japoneses. Muy antiguas son también las oraciones sintoístas llamadas norito, que, transmitidas oralmente, no consta que se escribieran hasta el siglo X.
Cuando a mediados del siglo IX se desarrolló una ortografía nativa para la representación fonética del japonés, se dio un gran paso hacia la independencia, siempre relativa, de la literatura china. Dentro de la literatura, la poesía ha ocupado desde sus inicios una posición privilegiada. Antes de que en el siglo XI Sei Shônagon escribiera Makura no sôshi y Murasaki Shikibu su Genji monogatari utilizando la prosa, aunque intercalando poemas, hay recogidas diversas antologías imperiales de poesía, siendo el Man´yôshû, del siglo VIII la primera gran compilación de poemas, seguida en importancia por el Kokinshû, cuyo compilador y prologuista, Ki no Tsurayuki, parece ser el autor del Tosa nikki (Diario de Tosa), que narra su regreso a Kyôto desde la provincia de Tosa, la actual Kôchi, de la que acababa de ser gobernador. Esta obra constituye un modelo de sencillez y elegancia estilística. También del siglo X se conservan cuentos y relatos como Ise monogatari (Cantares de Ise) y Taketori monogatari (Cuento del cortador de bambú).
El tema más característico y abundante en la literatura japonesa es el tema de la naturaleza, que aparece en los primeros poemas y sigue utilizándose en la literatura contemporánea. Los fenómenos naturales y las cuatro estaciones aparecen de forma reiterada en sus versos, y, entre otras razones, esto ha hecho que se hable de que el "amor de los japoneses por la naturaleza" es una parte esencial de su tradición cultural. La frecuente utilización de imágenes de la naturaleza en las metáforas pone de relieve la íntima relación existente entre la naturaleza y el hombre. Las imágenes de la naturaleza a las que se suele recurrir en la poesía japonesa tienden a resaltar lo inmanente más que lo trascendente, a diferencia de lo que es común en Occidente. Estas características arrancan de la tradición poética de los siglos XI y XII y se generalizan en toda su literatura.
La práctica de composición poética al modo tradicional continúa vigente en Japón. El emperador continúa al frente del casi ritual concurso de poesía de Año Nuevo, y distintos programas educativos de televisión instruyen en la composición del waka y el haiku, al tiempo que están a la venta numerosas publicaciones de poetas no profesionales.
En cuanto a la prosa hay que decir que despega de la mano de la mujer con las obras anteriormente citadas de Sei Shônagon y Murasaki Shikibu. Destaca en ella, sobre todo en los primeros tiempos, el género llamado nikki, o de diario, por lo que no resulta extraño, contemplando tal pasado literario, que sea una costumbre tan generalizada en Japón, fomentada desde las escuelas, el escribir cada uno su propio diario. Los géneros de carácter épico florecieron sobremanera durante la Edad Media, que comprende los períodos Kamakura (1185-1333), Muromachi (1333-1568) y Momoyama (1568-1600). Destacan entre todas ellas Genpei seisuiki (Vicisitudes de los Gen y los Hei) y Heike monogatari (Historia de los Heike), esta segunda una ampliación libre del anterior. También las obras religiosas de los monjes zen tuvieron su protagonismo en esta época, englobadas bajo el denominador común de literatura Gozan. En el siglo XV hay que destacar la aparición del teatro nô, con su acción lenta y ritual, sus movimientos simbólicos, su lenguaje difícilmente comprensible, y su arcaísmo, pero de una admirable calidad y dignidad. Hoy su repertorio es de unas doscientas cuarenta obras, y el vestuario empleado es de un lujo y una elaboración exquisita. Durante el periodo Edo (1600-1868) surgieron multitud de géneros diferentes, pero todos caracterizados por un denominador común, la característica vitalidad de la sociedad urbana, y en particular de los comerciantes. Las obras poseen un carácter más directo y desenfadado, al tiempo que se atreven a abordar temas que antes estaban vedados por el gusto social al ser considerados como vulgares o sucios. Los barrios de placer y el discurrir de la vida en ellos, temas principales en el grabado, son también argumentos frecuentes de las novelas del momento, quizás sea una de las obras más representativas Hombre lascivo y sin linaje, de Ihara Saikaku. Durante la segunda mitad del siglo XVI surgen dos variedades de teatro popular: el bunraku, o teatro de muñecos, y el kabuki, que tienen como máximo exponente a Chikamatsu Monzaemon (1653-1724). Algún tipo de teatro de muñecos ya existía en los siglos VII y VIII, pero muy rudimentario, y a cargo de una sola persona. Hacia mediados del siglo XVI encontramos una modalidad muy desarrollada, que pronto se aplicará a la escenificación de los relatos jôruri. Un narrador va entonando la historia, mientras los muñecos le dan movimiento y vida. El kabuki es un tipo de teatro mucho más realista, cercano y popular que el nô. Las representaciones, de un refinado gusto, incluían a veces el uso de escenarios giratorios. No se emplean máscaras, aunque sí un maquillaje característico. Cuenta su repertorio con unas trescientas creaciones, entre las que hay obras, llamadas shosa-goto, en las que la danza y las posturas son elemento primordial, y dramas propiamente dichos, que pueden subdividirse en jidaimono (obras de tema histórico), y sewamono (obras populares o de costumbres).
El poeta Matsuo Bashô fue contemporáneo de Chikamatsu Monzaemon y, así como este último representa al más señalado dramaturgo del período Edo, Bashô es el más conocido de entre los poetas de haiku. Desde 1868 la literatura japonesa se puso de lleno en contacto con la cultura occidental, y ésta de formas muy diversas ha influido en su desarrollo. Entre los muchos autores ya contemporáneos pueden citarse: Tsubouchi Shôyo (1859-1935), traductor de Shakespeare y precursor de la novelística actual (La esencia de la novela); Futabatei Shimei (1864-1909), introductor de Turgeniev y otros autores rusos, que escribe Nubes a la deriva; Shimazaki Tôson (1872-1943), que enlaza con la novela francesa y explota ampliamente el material autobiográfico; Natsume Sôseki (1867-1930) marca un avance decisivo con obras como El señorito, Corazón, Yo soy un gato y Desde entonces...; Mori Ôgai (1862-1922), autor de Vita sekusuarisu; Tanizaki Jun´ichirô (1886-1965), propuesto en distintas ocasiones para el nobel por obras como El joven, Entre Dios y el hombre, Las hermanas Makioka, o La llave. Son también figuras señeras Shiga Naoya, Akutagawa Ryûnosuke, Kawabata Yasunai, Dazai Osamu, Mishima Yukio, Abe Kôbo y el original y brillante Ôe Kenzaburô, el último Premio Nobel de Literatura japonés. Las traducciones de obras japonesas contemporáneas han aparecido en número creciente en el mercado occidental desde los años setenta, y, en función de dichas traducciones, los escritores japoneses más reconocidos en Europa y Estados Unidos: Sôseki, Ôgai, Kafû, Tanizaki, Kawabata, Ôe y Mishima, entre otros.

Musica tradicional

El término hôgaku engloba las variedades musicales de Japón antes de la era Meiji (1868-1912) y aquellas que todavía hoy siguen interpretándose. Aunque hay evidencias arqueológicas y documentos chinos que testimonian la existencia de música en Japón ya en el siglo III antes de Cristo, la historia de la música tradicional japonesa suele arrancar del período Nara (710-794), momento en el que la música japonesa hunde sus raíces en la música budista y las tradiciones de la dinastía china de los Tang (618-907).

Desarrollo histórico

El budismo se convirtió en la religión oficial hacia el siglo VI y sus sonidos, así como sus teorías musicales, lo acompañaron. El gran dinamismo internacional de Asia entre los siglos VII y X hizo que llegaran a Japón influencias no sólo desde las cortes y monasterios chinos y coreanos, sino también desde el sur y sudeste de Asia. El hecho de que Japón esté situado al final de esta cadena de transmisión ha hecho que muchas tradiciones importadas hayan perdurado en el archipiélago mucho tiempo después de desaparecer en sus lugares de origen.

Aunque las antiguas tradiciones musicales de Japón han tenido continuidad hasta los tiempos modernos, cada período ha introducido aquellas innovaciones de estilo que mejor han encajado con los gustos y las necesidades de la sociedad del momento. Las melodías más antiguas que se conservan son música y danzas sintoístas denominadas genéricamente como kagura. Los repertorios instrumentales y de danza de la corte se denominaron genéricamente gagaku ('música elegante'). En la interpretación de esta música, generalmente lenta y solemne, intervienen instrumentos de viento (hichiriki, ryûteki, koma-bue y shô ) y de percusión (taiko, o gran tambor, kakko, o tamboril, san no tsuzumi, o tambor de percusión lateral, shôko, o pequeño gong). Dentro de este género, se denomina bugaku la que va acompañada de algún tipo de danza dramática. El gagaku dominó el panorama musical durante los períodos Nara (710-794) y Heian (794-1185). También es muy antiguo el canto o recitación shômyô, con que se entonan los sutras budistas, y el llamado rôei, que se utilizaba para recitar antiguos poemas chinos, y posteriormente japoneses. A finales del siglo XII, en un momento dominado por el poder militar, la música asociada al teatro fue la que se hizo más popular. La biwa, una especie de laúd, se convirtió en el instrumento ideal de acompañamiento, ya fuera para ser tocado por los monjes itinerantes o por los narradores que recitaban historias por los pueblos. El koto, o arpa horizontal, de trece cuerdas, es uno de los instrumentos que tanto solo como en música de cámara, continuó su desarrollo a lo largo del siglo XVI, principalmente en las residencias de las clases altas y en los templos. En el siglo XVII se compusieron piezas de koto innovadoras, la mayoría pertenecientes a la escuela Ikuta. En la centuria siguiente siguió enriqueciéndose el repertorio gracias a la recién fundada escuela Yamada. Ambas escuelas gozan de continuidad en el presente, y, tanto en solitario como en música de cámara, sus piezas son identificadas por la mayoría de los japoneses como "música clásica".

El shakuhachi (flauta de bambú) siguió una evolución similar, y es el shamisen, especie de laúd de tres cuerdas, el que mejor representó los nuevos estilos musicales y la nueva audiencia desde el siglo XVI al siglo XIX. Así el teatro de marionetas, bunraku, acompañaba su canto y narración con la melodía del shamisen. El crecimiento económico que tuvo lugar durante estos siglos de paz hizo que surgieran recitales de música y danza en los que se interpretaban las piezas independientemente de las representaciones teatrales. Tanto el nô, con su utai o texto cantado, como el bunraku y el kabuki, contribuyeron al desarrollo de la música como apoyo de la acción escénica. En grandes líneas, esta música tradicional cantada, cuya cumbre y popularización tuvo lugar durante el período Edo (1600-1868), suele clasificarse en utamono (en que la música es más relevante que el relato) y katarimono (el texto hablado es protagonista, y la música se limita a seguirlo). Entre los géneros más importantes de utamono están: nagauta, utazawa, kumiuta, jiuta, hauta y el popularísimo kouta. Con relación al katarimono, su ejemplo más característico es el llamado jôruri. La música occidental irrumpió con fuerza en Japón durante el período Meiji (1868-1912) y data de 1915 la organización de la primera orquesta sinfónica japonesa.

Características musicales

Aunque las tradiciones musicales de Japón y los países occidentales hunden sus raíces en el tiempo, sus tradiciones tienen bases teóricas muy distintas. La música tradicional se basa en varios tipos de escala pentatónica y presenta una cierta afinidad con las de China, Corea, Manchuria e India. La música japonesa y la de Asia Oriental en general está orientada hacia la palabra, es decir va acompañada de un texto. Con respecto a la música instrumental destaca sobremanera la diferencia existente con la música de orquesta occidental, en la que todos los instrumentos se combinan para crear una experiencia de sonido única, y la japonesa, en la que cada instrumento se combina de manera que los sonidos no lleguen a fundirse unos con otros.
Otro rasgo destacable es la carencia general de interés en el tipo unidades de sonido vertical, conocido en Occidente como acordes o armonía. Dos factores reemplazan cualquier necesidad de acordes. Uno es la cuidada utilización de tonos centrales para cambiar el sistema de tonos que se utilizan como puntos de resolución de tonos altos y bajos. Y el otro es el ritmo. Si en la actuación tan sólo participan un vocalista y un instrumento acompañante, rara vez coinciden las entradas. Esto responde a dos necesidades: permite al espectador oír el texto entre los sonidos y crea una tensión que se resuelve en la cadencia. Si como en el caso del teatro nô y kabuki se acompaña de la percusión, aparece otro concepto importante como son los patrones rítmicos que aportan un sentido de progresión en el tiempo. La mayor parte de la música clásica japonesa tiene como objetivo, al igual que ocurre en otras artes, crear el máximo efecto, reduciendo al mínimo los recursos.

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Articulo creado para Gunkan y Japón : Idioma y cultura por Juan Carlos Avila /Made in Temuco, Chile / Año 2001 /